Poco después me tumbé en la cama, resignada a que el dolor finalmente hiciera acto de presencia. Resulto algo atroz. Tenia la sensación de que me habian practicado una gran abertura en el pecho a través de la cual me habían extripado los principales órganos vitales y me habían dejado allí, rajada, con los profundos cortes sin curar y sangrando y palpitando a pesar del tiempo transcurrido. Racionalmente sabía que mis pulmones tenían que estar intactos, ya que jadeaba en buscar de aire y la cabeza me daba vueltas como si todos esos esfuerzos no sirvieran para nada. Mi corazón también debia seguir latiendo, aunque no podia oir el sonido de mi pulso en los oidos e imaginaba mis manos azules del frio que sentía. Luché por recuperar el aturdimiento, la negación, pero me eludía. No me parecía que el dolor se hubiera debilitado con el paso del tiempo, más bien era yo quien me había fortalecido lo suficiente para soportarlo.